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expertos analizaron la "campaña anti-Argentina", la historia de la comunidad afro en Argentina y explicaron qué tipo de racismo hay actualmente en el país.
Sábado 25 de Julio de 2026
09:26 | Sábado 25 de Julio de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
Durante todo el Mundial 2026, comenzó a gestarse en redes sociales una especie de campaña, que fue denominada mediáticamente como “campaña anti-Argentina”, que impulsaba el contenido con mensajes de odio dirigidos a la Selección argentina de fútbol, que se perfilaba como una de las favoritas en el torneo, siendo el último “baile” del capitán, Lionel Andrés Messi. A medida que el seleccionado de Lionel Scaloni avanzaba, se hacían más fuertes los comentarios conspiranoicos que apuntaban contra la albiceleste, como fue el caso de “ArgenFIFA”. Sin embargo, las teorías trascendieron lo futbolístico y lo conspiranoico, haciendo la problemática aun más profunda, cuando ganó terreno una ola de contenidos celebrando la derrota argentina ante España en la final, por considerarlo un país “racista”.
Personalidades internacionales como Samuel L. Jackson y Mia Khalifa -sin mencionar el reposteo de Rosalía- se sumaron a los festejos por la victoria española en la final de la Copa del Mundo, asegurando que Argentina se merecía perder por ser “uno de los países más racistas del mundo”. Esa campaña de odio en redes -impulsada por el algoritmo que recompensa a los usuarios que difunden contenidos que generan ira o fake news- llevó a que personas de cualquier parte del mundo apuntaran y demonizaran a la Argentina sin siquiera conocerla, creyendo que “por no haber personas negras” en el plantel, haya racismo.
Pero no solo los ataques acapararon la atención en las redes. En los últimos días, también, hubo quienes salieron a defender al país y señalar que, detrás de cada búsqueda por dividirnos, hay intereses. En ese contexto, el escritor y divulgador Felipe Pigna hizo un descargo asegurando que se trata de una acusación hipócrita, teniendo en cuenta que gran parte de Europa se dedicó, a lo largo de varios siglos, a colonizar territorios y luego comercializar a las poblaciones de sus colonias como esclavos y, en el caso de Estados Unidos, a violentar y a segregar a personas únicamente por su color de piel.
“¿No les parece raro que los países más racistas del mundo nos estén acusando de racistas a nosotros? España, con tres siglos de dominación colonial, durante los cuales estableció una sociedad de castas, en la que la población estaba dividida en castas: negros, zambos, indios, españoles y americanos. Francia, con un imperio colonial tremendo. Bélgica, que hizo un genocidio espantoso en el Congo. Estados Unidos, que hasta la década de 1960 tuvo baños para blancos, baños para negros y colectivos para cada uno. ¿Ellos nos acusan de racistas? ¿En serio? ¿A nosotros? Nosotros no somos una sociedad que se defina como racista. Por supuesto, hay racistas en la Argentina y hubo episodios de racismo en la Argentina, pero no nos definimos como una sociedad racista”, cuestionó Pigna en un video que subió como descargo a la red social Instagram.
Ahora bien, los argentinos, ¿somos racistas? Pese a que la demonización y el ataque a la Argentina fue extremo -por parte de personas que ni siquiera pisaron ni conocen la historia del país- esta situación puede llevarnos a hacer una revisión y autocrítica. Si bien el racismo en Argentina no es igual al de Estados Unidos ni al europeo, hay que aceptar que, como cada país, Argentina sí tiene racismo. Pero, como dicen los expertos, es distinto.
Orlando Gabriel Morales es investigador del Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales (Incishusa) del Conicet Mendoza y se especializa en estudios afrolatinoamericanos. Según explicó, la presencia de población africana en el territorio argentino se remonta al sistema esclavista impuesto por la España colonizadora. Miles de personas fueron trasladadas de manera forzada a América a través del tráfico transatlántico. En el Río de la Plata, muchas fueron destinadas al trabajo doméstico, aunque también se desempeñaron en diferentes oficios, actividades comerciales y servicios urbanos.
Morales aclaró que ciertas normas coloniales reconocían a las personas esclavizadas algunos derechos, como la posibilidad de comprar su libertad, recibirla por decisión del amo o recurrir a la Justicia ante situaciones de maltrato. Eso no significaba, remarcó, que existiera una esclavitud benigna. “Seguía siendo esclavitud, había violencia y esas personas no tenían los mismos derechos que la población libre”, explicó, en diálogo con MDZ.
Durante el siglo XVIII se produjo un amplio mestizaje entre españoles, comunidades originarias y afrodescendientes. Crecieron las poblaciones identificadas en los registros históricos como mulatas, pardas, zambas o afromestizas. Más tarde, durante el proceso revolucionario y las guerras por la Independencia, numerosos hombres afrodescendientes fueron incorporados a los ejércitos patriotas. Algunos murieron, otros se desplazaron hacia distintas regiones y muchos no regresaron a sus lugares de origen.
A esos movimientos se sumaron la mortalidad infantil, las enfermedades, las epidemias y diferentes catástrofes que afectaron a toda la población, pero tuvieron un impacto particular en los sectores más vulnerables. Sin embargo, para el investigador, la población afro en el entonces Río de la Plata -ahora Argentina- no se extinguió, sino que se mezcló y dejó de ser identificada por un organismo oficial.
La llegada masiva de inmigrantes europeos entre fines del siglo XIX y comienzos del XX también redujo proporcionalmente su peso demográfico. Al mismo tiempo, el Estado construyó una narrativa nacional asociada con una Argentina blanca y de origen europeo. “Hubo una política de invisibilización y de asimilación de todo lo que fuera diverso o extraño al componente europeo que se quería privilegiar”, sostuvo Morales.
Esa representación tuvo consecuencias concretas. Durante décadas, muchas familias dejaron de reconocerse como afrodescendientes y el Estado dejó de incorporar esa categoría en los censos y registros oficiales.
En Mendoza, según detalló Morales, la última medición específica de la población afrodescendiente durante el siglo XIX se realizó en 1823. En otras provincias, como Buenos Aires o Córdoba, los registros continuaron durante más tiempo. Sin embargo, al ingresar en el siglo XX, esa población ya no era contabilizada de forma diferenciada en ningún punto del país. La pregunta sobre ascendencia africana recién reapareció en el Censo de 2010, después de más de un siglo de ausencia.
El Censo de 2022 volvió a incorporar esa identificación. De acuerdo con los datos citados por el investigador, 302.936 personas se autorreconocieron afrodescendientes, lo que corresponde al 0,7% de la población argentina, mientras que en Mendoza el porcentaje alcanzó el 0,4%.
Dentro de ese universo conviven personas con raíces afroargentinas de varias generaciones, migrantes de otros países de América Latina y habitantes llegados desde distintas regiones de África. La cifra es reducida en comparación con otros países, pero contradice la idea de que en la Argentina no existen personas afrodescendientes.
Morales sostuvo que en todas las sociedades existen el racismo y la discriminación. Sin embargo, consideró difícil establecer un ranking que permita afirmar en qué países hay más o menos. En la Argentina, explicó, una de las manifestaciones más extendidas es la discriminación social o de clase, combinada con rasgos físicos, étnicos y culturales.
Expresiones como “cabecita negra” o “negro villero” no aluden necesariamente a una persona afrodescendiente, pero sí aluden al color de piel “marrón”, el origen territorial, la pobreza, la vestimenta y la pertenencia social. “Lo más fuerte en Argentina es la discriminación social, o también lo que se llama racismo social. El componente de clase es central, pero se combina con características fenotípicas”, señaló.
El investigador también reconoció la existencia de organizaciones afrodescendientes que denuncian formas de racismo estructural. Esas agrupaciones reclaman una mayor presencia en la memoria pública, políticas de reconocimiento y acceso igualitario a derechos. “Hay racismo y discriminación racial en Argentina. Es algo histórico”, enfatizó Morales.
El politólogo argentino Javier Franzé, radicado en Madrid, también pidió cautela al abordar el tema. Para él, la Argentina tuvo normas avanzadas en determinados momentos históricos -como lo fue la abolición de la esclavitud en 1860-, pero eso no impidió que el racismo se filtrara en la vida social.
Franzé también habló del peso simbólico de la expresión “cabecita negra” y cuestionó la construcción de una identidad nacional basada casi exclusivamente en la inmigración europea, como lo dijo el expresidente Alberto Fernández con la polémica frase: “Los argentinos llegamos de los barcos”. Para el politólogo, esa es una representación que niega o relega la presencia indígena, afrodescendiente y mestiza.
Volviendo al Mundial 2026, Franzé sostuvo que el racismo argentino no puede analizarse únicamente mediante la cantidad de futbolistas negros que aparecen en la Selección. Esa pregunta puede resultar pertinente en países con historias coloniales y migratorias diferentes, pero no funciona como una medida universal.
La presencia de jugadores negros en equipos europeos tampoco demuestra que esas sociedades hayan superado el racismo. Un club puede incluir deportistas de distintos orígenes y, al mismo tiempo, conservar prácticas discriminatorias en sus tribunas o instituciones.
Para Franzé, uno de los principales errores del debate internacional consiste en trasladar de manera automática las categorías raciales de Estados Unidos o Europa a la realidad argentina. “Las realidades nacionales son todas muy particulares. El racismo existe en todos lados, pero sus formas de expresión tienen que ver con cada historia”, explicó.
En Estados Unidos, la segregación racial, las leyes discriminatorias y la división histórica entre blancos y negros organizaron buena parte de la vida social. En la Argentina, en cambio, el mestizaje, la clase social, la inmigración y la invisibilización estatal configuraron un escenario diferente. Eso no significa que el país esté libre de racismo. Significa, según Franzé, que el fenómeno debe estudiarse con herramientas capaces de comprender sus expresiones locales.
Morales vinculó la polémica actual con el funcionamiento de las plataformas digitales. En las redes circulan fragmentos de información, videos breves y declaraciones descontextualizadas que favorecen las generalizaciones. “Hay mucho de ignorancia en lo que se dice sobre los otros porque se habla desde la información mínima que circula en redes sociales”, señaló.
La lógica de los algoritmos también premia los contenidos que generan indignación, confrontación o rechazo. En ese marco, una acusación extrema contra un país puede alcanzar más visibilidad que una explicación histórica compleja. El investigador observó además que muchas de las críticas provienen de sociedades que también mantienen conflictos raciales, desigualdades estructurales y problemas de integración de minorías.
Eso, aclaró, no invalida automáticamente las denuncias sobre la Argentina. Pero sí debería impulsar una reflexión sobre las contradicciones de quienes señalan problemas ajenos sin revisar sus propios contextos. “Antes de hablar sobre otros lugares desde el desconocimiento, también valdría la pena debatir las prácticas de discriminación que existen en las sociedades desde las que se habla”, concluyó Morales.
Contar futbolistas negros o afrodescendientes o comparar realidades nacionales sin conocer sus historias no alcanza para explicar un fenómeno tan complejo. Las acusaciones difundidas en las redes pueden estar atravesadas por la desinformación y las generalizaciones. Pero la respuesta tampoco debería consistir en negar los prejuicios, las desigualdades o la invisibilización que persisten dentro del país.
La discusión exige reconocer dos realidades al mismo tiempo: la Argentina no puede analizarse con las mismas categorías que Estados Unidos o las antiguas potencias coloniales, pero tampoco está libre de racismo.
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