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Hoy a la tarde se entregará un nuevo Balón de Oro. Además del ídolo argentino, Mbappe, Rodri, Lamine Yamal, Harry Kane están entre los principales candidatos a obtenerlo
Lunes 26 de Octubre de 2026
06:50 | Lunes 26 de Octubre de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
En la noche europea de hoy habrá una nueva entrega del Balón de Oro. Hay varios candidatos a llevarse el premio al mejor jugador del año. Pero uno lo merece más que el resto. Lionel Andrés Messi.
¿Qué es lo que premia este galardón? ¿Al mejor jugador de fútbol de la temporada? Si ese fuera el criterio, nadie que no quiera ser tratado de insano en casi todos los años que pasaron desde su debut debió haber elegido a Messi. Gambetas, goles, asistencias, pegada, influencia, inteligencia competitiva, belleza atlética, eficacia.
Durante esta temporada, Messi jugó 49 partidos en los que metió 45 goles y realizó 30 asistencias. Hasta ahí los números fríos. Tan excepcionales como habituales en él. Nada que nos sorprenda. Sin embargo, se valoran más todavía cuando se analizan sus actuaciones globales y, por supuesto, el marco en el que las realizó. Sus partidos durante 2026 excedieron toda expectativa, cualquier cálculo optimista que se hubiera realizado. En la competición más importante, durante el Mundial, apareció su mejor versión en años, lo que es lo mismo que la mejor versión posible de un jugador de fútbol en años. Y lo hizo mientras cumplía 39.
La longevidad, la edad avanzada (para la práctica de deporte profesional), no debiera ser un mérito en sí misma; no tendrían que valorarse sus actuaciones de manera diferente al resto, a las de los más jóvenes. Aunque, sí, por supuesto, reconocer la dificultad de enfrentar atletas de élite sin estar en la cima de las posibilidades físicas.
Sin embargo, es inevitable tentarnos y buscar cuánto duró el apogeo de otros grandes en los deportes de equipo.
El único gran ejemplo de vigencia que se puede asimilar a Messi es el de Tom Brady, que se desempeñaba como quaterback en los New Englands Patriots. El puesto está diseñado para que el juego pase por él en el fútbol americano (y siempre agarra la pelota con el partido detenido); Messi, por el contrario, tuvo que ganarse cada toque con el balón y disputarlo con rivales que tenían 15 años menos que él; o, mejor aún, como en el segundo gol frente a Inglaterra contra dos jóvenes de veintipocos, dos colosos físicos -uno de ellos recién ingresado con el único fin de marcarlo-, que están entre los mejores del mundo en su posición, que se vieron minimizados por su genio y precisión.
Ningún deportista fue tan influyente en un deporte de equipo durante tanto tiempo como Messi.
Al terminar el Mundial de Qatar, luego de la definición por penales frente a Francia, Messi dijo y reforzó con gestos ampulosos de sus dos manos eso de “ya está“. Se dijo: nos mintió. No estaba nada. Fue por más. En diciembre de 2022, el 2026 quedaba muy lejos. Hasta parecía más fácil llegar caminando desde Qatar a América del Norte que un hombre de 39 años llegara en condiciones competitivas para afrontar la intensidad (inmensidad) de un Mundial, en especial luego de saciar su sed de gloria: había conseguido el logro más importante de su carrera, el único que le faltaba.
Messi, sin declaraciones demagógicas, sin prometer nada, se fijó el objetivo de llegar al Mundial 2026. Pero esa formulación no logró captar la verdad de los hechos: su objetivo no era llegar nada más; era hacerlo de la mejor manera posible, en un estado físico y futbolístico que le permitiera marcar diferencia como lo había hecho a lo largo de toda su carrera. Parecía imposible, parecía que por primera vez no iba a estar a la altura de las circunstancias, de su ambición.
A eso se le sumó otro dato que para muchos fue desalentador. Dejaba el fútbol europeo y se mudaba a una liga menos competitiva como la MLS, al soccer. Ese torneo menos exigente, con menos ritmo, le iba a sacar referencias, lo iba a achanchar y lo alejaría del rigor del fútbol de selecciones, de la élite absoluta. Ocurrió exactamente lo contrario. Messi levantó el nivel de la MLS, en lugar de que ésta se lo hiciera bajar a él.
Un año antes del Mundial, éramos muchos los que pensábamos cómo iba a hacer Scaloni para equilibrar la presencia de Messi en cancha. Creíamos que ya no podía tener la centralidad de antes. No le iba a dar el cuerpo: la biología es implacable. Nos preguntábamos si jugaría un tiempo, si lo reservaría algunos partidos; estábamos seguros de que no podría estar más de 60 minutos en cancha sin dar ventajas, sin convertirse en un contrapeso. Es obvio que nada de eso sucedió.
Fue él quien definió la mayoría de los partidos, quien pidió la pelota en los momentos más calientes, quien resolvió todos los problemas, quien hizo avanzar a Argentina hacia la final con goles y asistencias múltiples en tiempo de descuento o en tiempo suplementario, con 118 minutos encima. Un coloso que al genio le agregó un corazón descomunal e influencia virtuosa sobre sus compañeros (además de presencia paralizante para los rivales: imposible manejar tanta admiración, tanta devoción: el amor no siempre hace bien).
Desde hace una década hay un cambio en la manera de determinar al ganador del Balón de Oro; ya no votan los capitanes y los técnicos de las distintas selecciones. Solo lo hacen 100 periodistas, uno por cada país que está en los primeros cien lugares del ranking FIFA. Eso le quita muchas chances. Los periodistas, sabemos, tienen criterios diferentes (no siempre los más correctos ni los más justos). Si fueran sus compañeros de profesión (un eufemismo: Messi parece jugar a otra cosa, conseguir cosas que al resto le están vedadas, aún a varios cracks inconmensurables) los que decidieran, no habría chances de que no se quedara con esa distinción. La admiración que genera entre colegas es algo que no tiene ningún antecedente. Todos los que intentan hacer lo mismo que él reconocen su superioridad, saben que está en una escala diferente a todo el resto. Les resulta evidente que lo que sucedió en el mundial de sede tripartita del 2026 es algo sobrehumano.
Los otros candidatos a ganarlo este año son Harry Kane, Ousmane Dembélé, Olise, Rodri, Lamine Yamal, Mbappé, Rodri y Haaland. Uno que podría haberlo merecido, sin dudas, es el georgiano Kvaratskhelia, con actuaciones sensacionales en el PSG, pero sin Mundial.
Sería un despropósito que se premiara a Rodri y que obtuviera su segundo premio de este tipo, que lo incorporaría a una galería de leyendas del fútbol que no integra (en el Mundial, si bien fue de menor a mayor y su influencia en el juego fue evidente, finalizó sin goles ni asistencias). Lo mismo cuenta para Dembélé.
Kane y Mbappé tuvieron excelentes temporadas goleadoras en sus clubes y un muy buen Mundial, con muchos goles, pero fueron actuaciones que coronaron esfuerzos colectivos; no lograron empujar a sus equipos más allá de sus fuerzas. Ambos, de todas maneras, merecen que el fútbol reconozca su excelencia (Mbappé, al menos, ostentará por muchos años el récord goleador de la historia de los mundiales).
Lamine Yamal es un talento de época, un verdadero crack, precoz e imprevisible. Sin embargo, su aporte en buena parte de la temporada y en todo el Mundial no fue relevante; una lesión no dejó que se luciera de acuerdo a su enorme capacidad. Uno tiene la sensación de que ya llegará su tiempo en este tipo de premios. Aunque también pensamos eso, varios años atrás, sobre Mbappé.
Un comentario al margen que no habla de rendimientos futbolísticos, lo único que debiera interesar, pero que también dice cosas sobre varios candidatos. Dio bastante vergüenza ajena cómo varios de estos jugadores, superestrellas dominadas por el ego, se autopostularon para recibir el premio, salieron a declarar solo en su favor, para mejorar su posición e influir en los votantes. Una olímpica falta de elegancia en la que, por supuesto, Leo nunca incurrió.
Neymar y Mbappé no recibieron nunca esta distinción. Con perspectiva histórica, una injusticia, excepto que se tenga en cuenta el factor Messi. Y acá reside la mayor tesis de este texto: desde que Messi juega a primer nivel, en 20 de los últimos 21 años, nadie ha jugado mejor que él. Ni siquiera una temporada. Messi tendría que tener muchos más Balones de Oro que los que tiene. Siempre fue mejor que el resto.
El extremo del ridículo fue cuando, en la temporada que antecedió al Mundial 2022, Messi ni siquiera fue puesto en la lista de 30 preseleccionados. Hubo un comité de supuestos expertos que consideró que Messi no estaba entre los 30 mejores jugadores del mundo. Un chiste sin ninguna gracia que Leo se encargó de dinamitar en Qatar.
A los votantes les piden que tengan en cuenta tres factores. La actuación individual, los logros deportivos y la clase y el fair play. En los tres rubros nadie fue más que Messi en este último año (ni, insisto, en las últimas dos décadas).
Messi no necesita un nuevo Balón de Oro. Su leyenda no sufrirá rasguño alguno si no lo consigue. No nos va a decir nada nuevo sobre su carrera ni sobre su última temporada ni, mucho menos, sobre su Mundial. Sus hazañas del 2026, esas que atentan contra el envejecimiento de las fibras, contra la lógica, que contradicen la máxima de que un solo hombre pueda ser tan determinante en un juego donde hay 11 por equipo que se desplazan por superficies de 105 x 70, esos milagros futboleros, decíamos, no necesitan ningún premio que los refrende.
Los amantes del fútbol, y en especial cada argentino, llevamos cada jugada, cada pase, cada gambeta, cada asistencia, cada gol, tatuados en nuestra alma. Messi nos va a acompañar por siempre.
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