
Causa Trini: El fiscal pidió 7 años de prisión para el médico y la hermana de la víctima consideró que la pena es una burla
Farándula
Un listado posible de grandes escándalos que se vivieron EN VIVO. También: las consecuencias del “cenicerazo” de Susana Giménez a Huberto, el jarron de Coppola, la jueza Barú Budú Budía y la “espontánea” de Marianela Mirra, entre otros.
Sábado 17 de Octubre de 2026
21:14 | Sábado 17 de Octubre de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
Hace 75 años nacía la televisión argentina. La primera emisión fue el 17 de octubre de 1951. Un acto en el que se celebraba el Día de la Lealtad peronista. El entonces presidente Perón y su esposa Eva dieron discursos que llegaron por primera vez con imagen a los livings de las casas. De pocas casas. Había poco más de un centenar de aparatos. Argentina fue el octavo país en el mundo en tener televisión. Después llegaron otros canales con el comienzo de la TV privada en los albores de la década del sesenta. Durante décadas, la televisión se ubicó en el centro de los hogares y dominó la conversación pública; la empujó.
Hubo risas y llantos, noticias trágicas, comedias, deportes, actores, actrices, telenovelas, estrellas invencibles, entretenimientos; después llegaron los realities.
Hubo también grandes polémicas y escándalos. Algunos impactantes, pero triviales; otros terribles y delictivos. Esta es una lista posible de algunos de los más relevantes, de aquellos que conmovieron a la sociedad y que se fijaron en la memoria pública.
Era el tercer domingo de junio de 1984. El Día del Padre. Y cómo solían hacer en el programa en las habituales prendas, además de los alumnos de cuarto y quinto año de colegios de todo el país, también participaban padres de algunos de ellos para celebrar su día. Feliz Domingo era un programa ómnibus que dominó las tardes dominicales durante décadas. A pesar de haber tenido varios compañeros, el gran conductor del espacio fue Silvio Soldán. Había prendas de conocimiento (hoy ningún alumno secundario podría responder la mayoría de las preguntas que les hacían) y de destrezas. Al final un colegio ganaba un viaje de egresados a Bariloche para toda la división. En los primeros años los pasaportes a Bariloche fueron preguntas y respuestas; en los últimos, el Cofre de la Felicidad. Volvamos a ese domingo de 1984. En la prenda Yo Sé, un padre vestido de malevo, bailaba un tango cuando de pronto se desplomó. Hubo gritos, confusión y un pedido urgido para ir a un corte. Al regreso informaron que el señor había padecido una crisis cardíaca y había muerto. Hasta ahí una desgracia televisada pero no mucho más. Pero pasados unos minutos apareció ante cámaras Alejandro Romay, el dueño y mandamás de Canal 9.
Volvió a explicar la situación y dijo que ante los cientos de llamados recibidos y la preocupación de la gente para conocer la identidad del fallecido, repetiría las imágenes. Si Feliz Domingo era un programa muy rendidor (alrededor de 20 puntos de rating por programa), el morbo pudo más y las mediciones estallaron. Romay pasó al menos tres veces más la muerte del señor que interpretaba a un tanguero en una de las cumbres del morbo de la TV argentina en la búsqueda desesperada de rating. El mecanismo se repitió unos años después cuando Olmedo cayó del balcón y Canal 2 repitió las imágenes de su cuerpo sobre el asfalto hasta el hartazgo.
Así de pacata era nuestra televisión. Un beso entre dos hombres podía provocar un terremoto y ocupar al periodismo durante días. De esta lista, posiblemente sea el punto artístico y emocional más alto.
Ocurrió en un mediodía de 1985 de lo que entonces era ATC. En Cordialmente, el programa que conducía el dúctil Juan Carlos Mareco (la cultura general y la preparación de los conductores televisivos de ese tiempo era extraordinaria). Sentados en un sillón frente a Mareco, estaban Jorge Donn, el famoso bailarín argentino que venía de deslumbrar al mundo con su versión del Bolero de Ravel en Los Unos y Los Otros de Claude Lelouch y a su lado, el Polaco Roberto Goyeneche. El cantor, en un tiempo en el que todo el mundo se ponía las mejores galas para ir a la TV, vestía una campera deportiva Fila. Mareco le pidió que cantara algo y le ofreció un micrófono. Goyeneche lo desechó y empezó con uno de sus caballitos de batalla: Naranjo en Flor de los Hermanos Expósito. La interpretación es descomunal. Las pausas, la voz, la emoción, la potencia. “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento”. Donn fumaba a su lado. Después de las líneas más famosas del tema y de tener los ojos cerrados un buen tiempo, como dejándose habitar por Naranjo en Flor, el bailarín le dio la mano al Polaco y no la soltó hasta el final.
El director de cámaras hizo varios primeros planos de las manos enlazadas. Mareco apenas terminó dijo: “Me voy”, dando a entender que el Polaco lo había dejado sin palabras, que la interpretación había sido conmovedora. Jorge Donn con gestos estentóreos de la mano libre del cigarrillo, pidió que nadie aplaudiese. “Shhh, él lo dijo todo, no hay nada más, el silencio es la palabra más linda, con esa energía que iban a gastar en aplaudir vayan y planten un árbol”. Y después de unos segundos de silencio le dio un beso a Goyeneche. Las fotos de las revistas dieron a entender que se trataba de un beso en la boca, pero al volver a ver las imágenes percibimos que fue en las comisuras, lo que alguien alguna vez llamó “un beso Barracas: muy cerca de la Boca”. El Polaco, para nada incómodo, sólo respondió, algo emocionado: “Sos un fenómeno”.
Un escándalo incierto. O, en realidad, un escándalo que nunca ocurrió. Una leyenda urbana. Acaso el escándalo que costó una carrera. María Amuchástegui fue la precursora del fitness en la TV, la Jane Fonda que supimos conseguir. Sus clases de aerobics por ATC tenían un promedio de 7 puntos de rating diarios en un horario, por lo general, muerto. Alguien en algún momento de 1986 dijo que mientras realizaba alguno de sus ejercicios se le escapó un sonoro gas. Pero se dijo algo más, algo que probaba de manera fehaciente el evento: los integrantes de La Noticia Rebelde (Guinzburg, Abrevaya, Castelo y Becerra) abrieron el programa de ese día con máscaras de gas puestas
El tema fue hasta tapa de la revista La Semana. La protagonista y casi todos los que estaban en el estudio negaron el episodio. Las emisiones se grababan previamente y si ocurría algún inconveniente al aire, se detenía y se volvía a grabar. También lo negaron los de La Noticia Rebelde. Solo Aníbal Silveyra, uno de los gimnastas del fondo, le dijo al periodista Cicco que el rumor fue real. Nadie conserva las imágenes del supuesto incidente. Tampoco es cierto que el episodio y la dispersión del rumor acabaran con la carrera de María. Su programa estuvo al aire hasta 1991.
Era febrero de 1998 y Susana Giménez volvía de viaje. Al llegar de Ezeiza, encontró en la puerta de su casa una multitud de periodistas. Los rumores sobre el final de su matrimonio con Huberto Roviralta se habían esparcido. Después de 10 años, la pareja llegaba a su fin. La otra sorpresa que Susana encontró fue que Huber estaba dentro de su casa. Los espectadores ya lo sabían: Huber se había mostrado en una ventana con papeles en la mano, como dando un mensaje. Los movileros de noticieros y programas de chimentos no se movieron de ahí. Hasta que de pronto se empezaron a escuchar gritos muy fuertes y ruidos, como de muebles corriéndose. Aunque desde la calle no se entendiera qué era lo que decía, se podía reconocer inconfundible la voz de la diva de los teléfonos. Estaba furiosa. Hasta que de pronto, nítido, con odio y mucha bronca, se escuchó a Susana: “¡Ladrón! Hijo de puta! ¿Cuándo te vas a ir de acá?”. Y después un estruendo.
Mientras los periodistas desde la puerta de la mansión de Barrio Parque daban cuenta del incidente, una sorpresa más. Caminando por la puerta principal apareció, como un espectro (satisfecho), Huber, con la nariz sangrando, para mostrarse como víctima del incidente. Fue el famoso cenicerazo. Después vinieron las tapas de revistas, la entrevista de Grondona a Susana, la cámara oculta de Huber y Flavia Miller, el divorcio y los 10 millones de dólares. Hace poco Susana aclaró que no le lanzó un cenicero, sino una caja de madera y peltre.
La versión 2007 de Gran Hermano parecía tener un ganador seguro, Diego Leonardi. Un joven que había sido convicto y que había rehecho su vida al salir de la cárcel. Desde los primeros días. Diego ejerció el liderazgo de la casa y ayudó a muchos de sus compañeros. Marianela Mirra era una joven tucumana simpática, con sentido del humor, pero no parecía destinada a perdurar. Durante las primeras semanas, su paso por la casa era tenue. De a poco se asentó, encontró su lugar. Su estrategia de pasar desapercibida varió en la última nominación, la previa a la gran final.
Después de expresar algunas dudas, dijo que estaba dispuesta a jugar y le realizó la espontánea a Diego. Fue, para muchos, una conmoción y un golpe maestro. Diego fue a placa y el público lo echó, premiando el movimiento estratégico de Marianela que terminó proclamándose ganadora, reconocida por el público casi como una nueva Napoléon y empujando el rating a cifras récords que superaron los 50 puntos de rating.
Era 2020 y la pandemia y la cuarentena habían cambiado los hábitos. Algunos programas de TV, debido al encierro, ganaron adeptos. Los concursos de cocina fueron algunos de ellos. Bake Off en su segunda temporada tuvo buen rating y una competición apasionante. A la final llegó una joven muy dulce que cocinaba con gran destreza. En los días previos a la definición, en las redes sociales se la empezó a acusar de tramposa. Dijeron que ella no era amateur, que había tenido un emprendimiento gastronómico. La situación era difusa. Una zona gris del reglamento porque su labor había sido breve y sin demasiado volumen. Las discusiones aumentaron y se desató una ola de odio sobre Samanta.
Los haters la atacaron con una virulencia inconcebible. La emisión de la final generó gran interés. Todo el mundo quería saber qué sucedería. Los jurados consagraron campeona a Samanta Casais: una decisión obvia, era la mejor de todos los concursantes. Pero hubo un corte y pasaron a unas imágenes filmadas otro día, bastante después de la final, horas previas a que el programa fuera al aire. En ese segmento, grabado en un jardín, la despojaron del título por haber mentido en la declaración jurada de ingreso e incumplir las normas del certamen. Se lo otorgaban al joven que había salido segundo. Samanta fue tratada con crueldad y lapidada en las redes.
Era 2002 y la crisis económica no permitía ninguna erogación extraordinaria. Había que hacer mucho con poco. Y a alguien se le ocurrió Zap. No hubo programa más bizarro, elenco más insólito que el de los que pasaban por el living de Zap conducido por un sagaz Marcelo Polino. Es imposible elegir un solo escándalo. Sería injusto hacerlo. Jacobo, Guido, El Larva, Oggi Junco, García y Adriana Aguirre, novias, novios, enanos y los personajes más diversos.
Peleas inventadas, generadas o espontáneas. A la gente no le importaba. En vez de escandalizarse, se divertía. Y a todo eso había que sumarle el panel de expertos, desde Lafauci a Dorio, que analizaban sesudamente los eventos. Ostenta un récord que le da bastante orgullo a sus creadores: es el programa más multado de la historia de nuestra televisión.
En la apertura de su programa de 1992, Tato Bores interpretaba a un arqueólogo que en 2492 descubría las ruinas de Argentina. Entre ellas había un recorte de diario (real) que anunciaba que la jueza Servini de Cubría había sido multada con irrisorios 60 pesos por la Corte Suprema por no haber llevado de la manera debida el Caso Yoma y además informaba que había sido apartada de la causa. Antes de que se emitiera el programa, alguien llamó a la jueza y le avisó que se la mencionaba dos veces en ese segmento. Servini presentó un amparo que fue rechazado en primera instancia, pero el día sábado, un día antes de la emisión, la Cámara aceptó el amparo; sostuvo que el sketch contenía “ludibrio y eutrapelia”: términos solemnes y afectados para afirmar que se burlaban de la jueza. Se trataba de un caso de censura previa. Se desató un gran escándalo. El domingo por la noche todo el país estaba pendiente de qué sucedería en el programa de Tato. La resolución fue impactante e ingeniosa. Decenas de celebridades argentinas formadas como un coro cantaban: “La jueza Barú Budú Budía, la jueza Barú Budú Budía es lo más grande que hay”.
Hoy, a más de 30 años de distancia, otra cosa que sorprende del episodio es la heterogeneidad de ese coro. En la actualidad sería imposible que esas personas, atravesadas por la grieta, se juntaran bajo una causa común. Ese, el actual, es otro escándalo.
Fue nuestra Guerra de los Mundos. Alberto Olmedo tenía mucha expectativa para su temporada 1976. Triunfaba desde hacía un año en el teatro de revistas, las películas recaudaban muy bien y para el programa de televisión había planeado una renovación. El Botón, su ciclo de ese año, empezaría en mayo con nuevos guionistas: Humberto Ortiz (Coquito) y el dramaturgo Oscar Viale.
El programa comenzó con un flash de noticias. El periodista de guardia del canal leyó con pesar un cable informando la desaparición del célebre cómico y que por eso repetirían algunos sketchs del año anterior. Después vinieron los títulos. Enseguida, Olmedo apareció en cámara quejándose de que no se podía retrasar un poquito y aclarando que estaba bien vivo, y comenzó con el programa. Todo eso no duró más de un minuto y medio, pero sirvió para desatar un escándalo y una ola de dolor e indignación pocas veces vista.
Las líneas telefónicas del canal colapsaron, las agencias de noticias emitieron cables informando de la muerte del actor; en las casas hubo crisis de llanto y hasta desmayos. No importó que Olmedo de inmediato aclarara que todo había sido una broma. En los días siguientes todo escaló. El cómico pidió perdón, pero no bastó. La recientemente estrenada dictadura levantó el programa, despidió a todos los involucrados (desde el interventor del canal al periodista que leyó el cable) y desterró a Olmedo por un buen tiempo. Solo pudo volver con Piluso a fines de ese año, pero, por supuesto, ya sin el título de capitán.
Es la pelea más icónica de la televisión. Fue remera, meme, canción, sticker, hito de la cultura popular. Un mediodía de enero de 2002, con el país en llamas, Mauro Viale tenía a Alberto Samid de invitado en su programa que, paradójicamente, se llamaba Impacto a las 12. De pronto, una discusión. Samid venía defendiendo la devaluación asimétrica de Duhalde. Viale, siempre provocador, le dijo que tenía un razonamiento primario y lo mandó a pagar los impuestos que debía. Samid le gritó mentiroso y le empezó a preguntar cuál era su verdadero apellido. ¿Cómo se llama? Diga cómo se llama ¿Qué apellido tiene?, espetaba haciendo referencia a que Viale era un nombre artístico (y mostrando su antisemitismo, que se haría más explícito segundos después). Samid se puso de pie y se acercó a Viale, que lo acusó de avalar el atentado a la AMIA.
Usted se tiene que arrepentir de lo que dijo. Y el insulto imperdonable: ¿Cómo vas a decir eso judío hijo de puta? Un empujón. Y las piñas. Primero pegó Samid, después devolvió Mauro que, por segundos, consideró seguir con la contienda o no, pero no logró contenerse. Otra buena piña de Samid y Mauro al piso. Todo era confusión; un hombre mayor ingresó y pateó a Viale en el piso –parece que pagó una vieja deuda- y el estudio se convirtió en un caos.
Un escándalo enorme que tomó un cariz cómico y simpático con el paso del tiempo, pero que no debe hacer olvidar el antisemitismo rampante de Alberto Samid, quien luego fue condenado, estuvo preso y con tobillera electrónica por otros delitos.
Todo se dio ante cámaras. La acusación, la defensa, la fuga y, finalmente, la entrega a la policía. Un informe de Telenoche Investiga denunció que el padre Grassi había abusado de varios menores de entre 12 y 17 años. El religioso, de gran experiencia en los medios y con mucha influencia, se defendió desde un canal vecino, Azul TV, en un programa en el que lo entrevistaron Chiche Gelblung, Eduardo Feinmann y Mauro Viale. De pronto se anunció que la Policía Bonaerense, por orden de un juez, estaba llegando al canal para detener a Grassi. El padre desapareció, se fugó. Estuvo fugado alrededor de 12 horas. Al mediodía siguiente se presentó en el programa de Mauro Viale. Salieron muchas personalidades de los medios a defenderlo; entre ellos, los más prominentes fueron Raúl Portal y Mariano Grondona. Telenoche continuó con sus denuncias (que previamente había llevado a la justicia) y, después de muchos años y de que el joven denunciante haya sido acosado, amenazado y atacado físicamente, el padre Grassi fue condenado por la justicia por abuso.
Un tiempo antes había participado en otra polémica. Parte de lo recaudado por los llamados del programa de Susana a través de la empresa del Corcho Rodríguez y Galimberti iba para la Fundación Felices los Niños que manejaba Grassi. Después de discusiones por el dinero y denuncias cruzadas, Susana entrevistó al religioso y cuando él dijo la plata que necesitaba, Susana le preguntó si pensaba construir el Sheraton.
En octubre de 1996, treinta años atrás, la policía detuvo a Guillermo Coppola. Acusaron al manager de Maradona de ser traficante de drogas. En su departamento encontraron cocaína en un jarrón. El jarrón de Coppola. Del caso se encargaron, como es natural, todos los medios. Todos. Diarios, TV, radios. Pero un programa logró apropiárselo: el de Mauro Viale. Fue el epicentro del tema del que hablaba el país. Mauro inventó un género. El talk show de los escándalos. Tanto sucedía en ese living multitudinario, ruidoso y bochornoso que Jerry Springer parecía un amateur al lado suyo.
Las chicas del caso se convirtieron en una presencia constante. También los abogados, los chimenteros, los testigos (sin importar si eran falsos o no). Convivían Ventura con Cúneo Libarona, la madre de una de las chicas, el supuesto Caballero Rojo, decenas de abogados, gente que no se sabía bien por qué estaba ahí. Todos buscaban destacarse y gritaban, peleaban, se exponían. Hubo revelaciones, teorías disparatadas, canciones, escuchas telefónicas, vasos de agua en la cara de los invitados, mujeres tirándose de los pelos, insultos, personajes convencidos, otros que solo interpretaban un papel.
Todos manejados por Mauro Viale, que, sin pudor, conducía este circo televisado que hipnotizó a un país.
11. Jorge Donn besa en la boca al Polaco Goyeneche (1985)
10. La flatulencia de María Amuchástegui (1986)
9. El “cenicerazo” de Susana Giménez a Huberto (1998)
8. La espontánea de Marianella Mirra (2007)
7. “Bake Off” descalifica a su ganadora (2020)
6. “Zap”, el elenco más bizarro y el programa récord en multas (2002)
5. La jueza Barú Budú Budía (1992)
4. La primera muerte de Alberto Olmedo (1976)
3. Alberto Samid versus Mauro Viale (2002)
2. El padre Grassi y los abusos a menores descubiertos por “Telenoche Investiga” (2002)
1. El caso Coppola en “Mediodías con Mauro” (1996)
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