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Sociedad
Con una rutina que combina el alto rendimiento deportivo, el estudio y un emprendimiento propio, Hipólito Pereiro encontró tiempo para impulsar una iniciativa social que se hizo viral.
Jueves 09 de Julio de 2026
08:29 | Jueves 09 de Julio de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
Con apenas 21 años, Hipólito Pereiro reparte estratégicamente sus días y su energía entre el atletismo, la carrera de Relaciones Públicas –que cursa a distancia–, su propio local de ropa y las recorridas nocturnas junto a sus amigos para llevar un plato de comida, y sobre todo un poco de esperanza, a personas en situación de calle.
“Jamás me faltó nada, gracias a Dios, y a mis viejos. Siempre me educaron mucho con el ejemplo de rebuscársela de buena manera”, arranca contando a modo de presentación. Su vida transcurrió sin soltura, pero también sin sobresaltos, en el seno de una “familia tipo” –mamá, papá y su hermano mayor, con quien hoy comparte la vida y los proyectos– en Lomas del Mirador, partido de La Matanza.
Ya a los 15 años, mientras cursaba el secundario, sintió la necesidad de independizarse, de comenzar a ganar su propio dinero. “Fue algo más bien mío, me daba cosa pedirle a mi papá que me compre una remera. Y bueno, me picó el bichito y dije, ¿por qué no hago algo propio?”, explica en diálogo con TN.
Salir a buscar trabajo a esa edad y en plena pandemia no era un buen plan. “Nadie me quería dar trabajo. Era lógico, era menor y no todo el mundo te da un trabajo”, afirma. Lejos de frustrarse, decidió buscar la solución en su propio entorno, en las esquinas de su barrio. Se juntaba con los chicos en la plaza y empezó a indagar: “¿Qué es lo que falta acá? ¿Qué necesitan? ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo vender?”.
La respuesta estaba frente a sus ojos, en la ropa que a él y a sus amigos les gustaba usar. Y así, lo que comenzó como una pequeña venta online obligada por el contexto pandémico, se transformó con los años en un emprendimiento sólido que hoy cuenta con local propio –abierto hace apenas unos meses– en el mismo barrio que lo vio crecer, junto a un amigo y su hermano. “Ya es un emprendimiento bastante estable. Somos un equipo de trabajo de seis personas y ya vamos casi para los seis años”, relata con orgullo.
Casi al mismo tiempo en que inició este emprendimiento, Hipólito tuvo su primer encuentro con la que sería otra de sus grandes pasiones: correr. Por entonces, como cualquier pibe de su edad, jugaba al fútbol, pero “en un ambiente muy hostil, que no me gustaba, que no estaba bueno”.
“Todos los días había cosas feas que de a poco me fueron sacando el cariño que le tenía al deporte”, recuerda.
En medio de esa crisis se abrió una posibilidad que guardaba dormida de sus épocas del colegio Don Bosco de Ramos Mejía, donde solía destacarse en los torneos intercolegiales de atletismo. Una entrenadora municipal de La Matanza, que lo recordaba de aquellas competencias, lo contactó con una propuesta directa: hacer una prueba para ver si clasificaba a los Juegos Bonaerenses.
A los tres días se presentó para una primera prueba de 1.500 metros. “Ahí conocí un poquito lo que era el ambiente del atletismo. Me sentí súper cómodo, todos me trataron de diez y eso me enamoró desde un primer momento. Y literalmente al otro día dejé el fútbol”, para pasarse a las pistas, donde tuvo un ascenso meteórico.
A las cuatro semanas de empezar ya estaba representando a la provincia de Buenos Aires en un torneo nacional. Luego llegó la categoría Sub-20 y su primera convocatoria al seleccionado argentino para el Torneo ABP (Argentina, Brasil y Paraguay). Y no paró hasta consagrarse Campeón Nacional en 3.000 metros con obstáculos y Campeón Nacional de Cross Country, lo que le permitió el pase al Sudamericano Sub-23 en Bucaramanga, Colombia.
Para Hipólito, ponerse la camiseta para representar a la Argentina es una sensación inigualable. “Mi deseo personal, mi anhelo máximo es seguir representando hasta donde me dé al seleccionado argentino. Nunca me sentí igual a las veces que me llamaron para decirme que estaba en el listado. Cuando me subo al avión, cuando me entregan la ropa, cuando empieza la competencia, cuando estoy ahí con la delegación. Nunca me sentí igual con ninguna otra cosa”, afirma.
Para sostener ese nivel, el esfuerzo es total. De hecho, en las próximas semanas se instalará en la altura de Cachi, Salta, donde se preparará durante 21 días de cara al próximo campeonato nacional, clasificatorio para un nuevo Sudamericano.
Con el negocio marchando y las zapatillas sumando kilómetros, Hipólito sintió la necesidad de poner en marcha un nuevo desafío con su grupo de amigos de siempre, aquellos con los que cada tanto fantaseaban y se prometían “ayudar cuando tuvieran plata” a los que menos –o nada– tienen.
“Nos pusimos a pensar y nos dimos cuenta de que la realidad es que si vivís esperando el momento perfecto te terminás llevando muchas decepciones, porque nunca llega, y dijimos, che, ¿por qué no empezamos con lo que tenemos?”.
Así fue como armaron una “vaquita” entre los siete u ocho que son en el grupo, juntaron algo de dinero, prepararon unos termos de café, compraron 120 alfajores y metieron en bolsas su propia ropa. “Yo me quedé casi sin nada”, confiesa entre risas. Subieron todo a tres autos particulares y salieron a rodar por la Avenida Rivadavia, pasando por Flores hasta llegar a Retiro. Sin una estructura formal, frenando donde veían a alguien durmiendo en el piso.
En su segunda salida nocturna, decidieron registrar lo que hacían para difundirlo en redes sociales y contagiar a otros. Fue esa noche cuando se cruzaron con Maxi Ortiz, un pibe de Rufino, Santa Fe, que se encontraba en situación de extrema vulnerabilidad en la zona de Retiro. El video se viralizó sumando más de un millón y medio de reproducciones y despertando la solidaridad de cientos de personas.
Pero Maxi no tenía documentos ni teléfono, y de un día para el otro le perdieron el rastro. “Estuvimos yendo todos los días a buscarlo, pero no lo encontrábamos por ningún lado”. Hasta que hace unos días, en un último intento, apareció
Lo que siguió fue un rescate a puro corazón. Hipólito lo llevó a su casa, donde Maxi pudo darse una ducha, comer, cepillarse los dientes y hacerse de un par de mudas de ropa sana para volver con su familia. “Nos quedamos hasta las 6 de la mañana en la estación de Retiro, le compramos el pasaje y justo hace unos minutos me llegaron fotos de él que ya estaba abrazando a su hermanito. Se volvió a juntar con su familia después de mucho tiempo. Una locura”, dice como si esto que cuenta le hubiera pasado a otro.
Y aunque reconoce que aún les falta organización, Hipólito no piensa detenerse. Es que con apenas 21 años, este pibe flaquito y rubio, que es pura garra y corazón, sabe que tiene una energía capaz de vencer cualquier obstáculo y encontrarle la vuelta a la situación más adversa, esa que hace falta para ganarle la batalla al abandono en el asfalto frío de la calle.
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