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La actriz de En el barro recordó el casting que casi no hace y el impulso clave de su madre. Su conmovedor relato sobre trabajar con la boxeadora
Sábado 28 de Febrero de 2026
09:42 | Sábado 28 de Febrero de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
A los 18 años, Delfina Pulen vuelve, una y otra vez, a esos días de rodaje que marcaron un antes y un después en su vida. En el barro, la ficción carcelaria de Netflix que expande el universo de El Marginal, no fue solo su debut en una producción de alcance internacional: fue el escenario donde, en medio de escenas atravesadas por el dolor y la crudeza, construyó un vínculo entrañable con Alejandra Locomotora Oliveras, la campeona mundial que interpretó a “Rocky”, su madre en la ficción.
Las secuencias que compartieron generaron un fuerte impacto entre los seguidores de la boxeadora, especialmente tras su fallecimiento, pero detrás de esa intensidad narrativa hubo abrazos sinceros, conversaciones interminables y gestos de una humanidad que Delfina hoy recuerda con profunda emoción.
Tenía 17 años cuando cruzó por primera vez el portón del predio de grabación. “Estaba paralizada. Era mi primer proyecto grande y sentía que no iba a estar a la altura”, confesó. La escena que debía grabar era intensa, atravesada por el dolor, por vínculos rotos, por heridas abiertas. Pero antes de cualquier ensayo, llegó el gesto que cambió todo.
“Ella es así como la veían en redes y como se decía que era. Tenía mucha luz, tenía como algo adentro que te motivaba de verdad a seguir. Fue mi primer proyecto, entonces estaba muy nerviosa cuando llegué al set y me recibió con un abrazo, con un beso. Me empezó a charlar, me pidió mi número. La verdad que fue un lujo poder trabajar con ella y que sea mi primera experiencia con ella”.
En esas palabras se condensa la dimensión de lo vivido: el temblor de quien pisa por primera vez un set de semejante magnitud y el alivio inmediato de encontrarse con una figura consagrada que, lejos de cualquier distancia, eligió la cercanía. Delfina no habla solo de una compañera de elenco, habla de alguien que la sostuvo en un momento decisivo.
La intimidad del camarín fue el escenario de otras escenas, invisibles para la cámara pero imborrables para ella: “Me preguntaban de qué hablábamos cuando nos maquillaban. Y ella me contaba su vida entera. Yo me la sé de memoria”, dijo entre risas. “Arrancaba: ‘No, porque cuando yo tenía quince años me pasó esto…’ y seguía. Tenía una historia tan fuerte, tan de lucha, que te quedabas escuchándola”.

La admiración no era solo profesional: “La humildad con la que ella trabajaba la voy a destacar siempre. Jamás se sentía más que los demás, siempre llevaba un muy lindo ritmo de trabajo y de compañerismo”, para tambíén realzar “la fuerza con la que ella siempre estaba todo el tiempo haciendo cosas. Después del rodaje, se tenía que ir a la facultad y de acá para allá, siempre ayudándote”.
Y entonces comparte una anécdota: “Yo soy de zona norte y tuvimos que ir a grabar a zona sur. Era un predio enorme. Cuando terminamos, teníamos que salir hasta una parada de colectivo para pedir un auto y volver. Y ella, toda amorosa, nos dijo: ‘No, yo las llevo’. Nos subimos y nos alcanzó hasta ahí”.
Es que en ese trayecto breve, se dio algo más profundo; “En el auto me preguntaba cómo había hecho el casting, qué estudiaba, qué soñaba. Se interesaba de verdad. No parecía que la había conocido ese día. Parecía una amistad de años”.
La vocación de Delfina empezó mucho antes de ese rodaje: “Desde que nací fui muy expresiva”, relató. “Mamá siempre dice que se dio cuenta enseguida de que me gustaba el escenario, bailar, cantar, actuar”. A los cinco años comenzó danza clásica. A los seis, comedia musical y no paró más, porque “nunca dudé de que era lo que amaba”.
A los ocho ganó una beca para formarse en la escuela de Valeria Lynch. “Estuve un año estudiando danza clásica y jazz. Fue un montón para mí, tan chiquita”. Más adelante continuó en Centro Anthropos y hoy se perfecciona en actuación frente a cámara en ActuarteStudio. “Siempre me estoy preparando. Siento que nunca es suficiente”.
Su historia personal también tiene capítulos sensibles. Sus padres se separaron cuando ella tenía apenas seis meses. “Literalmente recién nacida”, aclaró. Creció con su madre, a quien define como su pilar: “Siempre me apoyó. Siempre me impulsó. Si yo dudaba, ella me decía: ‘Sí podés’. Tenemos un lazo muy fuerte”.
Tiene una hermana mayor, Agostina, cuatro años más grande: “Somos muy unidas, muy cómplices”. Y una hermana menor por parte de su padre. “Con mi papá tuvimos buena relación hasta que fui preadolescente. Después nos distanciamos. Este último año retomamos y está mucho mejor”.
Habló con honestidad también del presente de sus mayores: “Con ambas parejas de parte de mis padres nunca pude tener un buen vínculo. Con la pareja de mi madre no me llevo bien. Y luego con la pareja de mi padre nunca me llevé mal, pero siempre me distancié. Si bien arranqué desde muy chiquita a tener padrastro y madrastra, nunca pude sentirlos parte de mi familia”.
La llegada a En el barro fue inesperada. En 2023, con 16 años, estaba enfocada en el modelaje. “Yo estaba bastante centrada en eso. Igual siempre hice comedia musical, pero en ese momento mi cabeza estaba ahí”. Aplicó a distintas agencias. Meses después, en 2024, mientras cursaba el último año del colegio, la aceptaron en una agencia orientada a actuación y publicidad.
“Yo pensaba que solo me iban a mandar castings para publicidades. Y un día, cuando volví del colegio, mamá me dice: ‘Te mandaron un casting para una serie’”. La escena era fuerte. “Me dio miedo. Le dije a mi mamá: ‘Yo no soy actriz, no sé si voy a poder’. Y ella me respondió: ‘Sí, sos actriz. Dalo todo. Si no quedás, no pasa nada’”.
Envió el casting. Dos días después, la llamaron: había quedado. “Me dijeron que a fin de octubre ya empezábamos a grabar. No lo podía creer”, y allí llegaría otra batalla interna.
Su mayor desafío era llorar frente a cámara: “Fue todo el tiempo estar pensando cómo podía hacer para mejorar, por ejemplo, tener que llorar en la escena, que es algo con bastante dificultad, porque hay que meterse mucho en personaje. Pero la verdad es que cuando estuve ahí se me fueron todos los nervios, porque una vez que empezás a ensayar, te va saliendo cada vez mejor y aparte, porque los directores y toda la gente que trabaja ahí son muy amorosos”.
Cuando la serie se estrenó y su escena comenzó a circular, la repercusión fue inmediata. “Yo estaba muy emocionada esperando que saliera. Todo el tiempo estaba pensando en eso”, admitió. “Y si tuve tanta gente que me apoya y tantos lindos comentarios, qué será el futuro, ¿no? ”.
Sabe que formar parte de ese universo implica una exposición internacional. Pero lo que más la moviliza es otra cosa. “Hubo un momento en mi vida en donde de verdad no creía que fuera posible y no confiaba mucho en mí. De verdad no creía posible que esto pasara. Y hoy estoy constantemente emocionada. Pienso: ‘Bueno, ¿y ahora qué sigue?’”.
Sobre sus próximos pasos, es clara: “Estoy abierta a todo. Me sigo formando, estoy en el curso de ingreso a la universidad. Sé que van a venir nuevas oportunidades. Lo siento. Y las voy a encarar con el corazón abierto”.
En el recuerdo de aquel rodaje, entre luces, lágrimas de ficción y silencios intensos, queda la imagen de una campeona que la abrazó sin condiciones y de una joven actriz que encontró, casi sin buscarlo, una maestra de vida.
“Lo que más me enseñó fue la humildad”, dice Delfina. “Y la fuerza. Esa fuerza de seguir siempre, porque son fundamentales”.




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