Sociedad

50 años del golpe: artistas y periodistas recuerdan el 24 de marzo de 1976, el día más oscuro de la argentina

Nelson Castro, Horacio Pagani, Alejandro Lerner y Virginia Lago y Ricardo Canaletti reconstruyen en primera persona dónde estaban cuando el país se quebró.

Martes 24 de Marzo de 2026

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08:35 | Martes 24 de Marzo de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma

El 24 de marzo de 1976 es una aguja que corta el tiempo en dos. Quienes vivieron esa madrugada coinciden en algo incómodo y revelador: no fue una sorpresa total. Había señales, rumores, una tensión que se respiraba en la calle, en los lugares de trabajo y en las conversaciones que de pronto bajaban el volumen.

Aun así, cuando finalmente ocurrió, el impacto fue inmediato y profundo, como si lo que se venía insinuando desde hacía meses adquiriera de pronto una forma definitiva y mucho más brutal de lo que cualquiera habría imaginado.

Para el periodista Nelson Castro, ese pasaje entre la sospecha y la certeza quedó fijado en un momento mínimo, casi íntimo, que, sin embargo, contenía todo lo que vendría.

La noche anterior había estado trabajando en la transmisión de un partido de fútbol en el estadio de River. Nada fuera de lo habitual. Pero al terminar, cuando salía de la zona de vestuarios, un policía le dijo algo que le quedó grabado: “Le recomiendo que dentro de una hora esté en su casa, porque a partir de la medianoche cualquiera que circule por la calle será sospechoso”.

Nelson Castro tenía 20 años en marzo de 1976. (Foto: TN / Leandro Heredia)
Nelson Castro tenía 20 años en marzo de 1976. (Foto: TN / Leandro Heredia)

No era una orden formal, no era todavía la dictadura declarada, pero ya era el anticipo de un mundo donde la sospecha sería la regla. “Es el recuerdo que aquel día me dejó claramente premonitorio de lo que vendría”, resume hoy. Y lo que vino, dice, no se parecía a otros golpes de Estado.

“El 24 de marzo de 1976 se inauguró el terrorismo de Estado”, subraya Nelson con esa precisión que no busca dramatizar, sino nombrar lo que ocurrió: “Una maquinaria sistemática, organizada, que convirtió el miedo en una condición cotidiana”.

Esa sensación es la que vuelve una y otra vez en los testimonios: una calma aparente, incluso una idea de orden, que convivía con la certeza de que cualquiera podía ser el próximo. “Había una tranquilidad entre comillas, pero todos sabíamos que estábamos en peligro”, recuerda el periodista de TN, como si la contradicción fuera en sí misma la clave de aquellos años.

En otra parte de la ciudad, casi al mismo tiempo, el periodista Horacio Pagani hacía algo que hoy suena extraño, pero que entonces resultó casi natural: salir a jugar un partido de fútbol con compañeros del diario.

El plan estaba armado de antes y, pese a que el golpe se veía venir, decidieron seguir adelante. “Nos juntamos como si no hubiese pasado nada”, cuenta. No era indiferencia, sino costumbre. Venían de meses —o años— de violencia creciente, de enfrentamientos, de una inestabilidad que había dejado de ser excepcional.

Cuando llegaron a la cancha ya circulaban las noticias. Los movimientos militares empezaban a hacerse visibles, los vehículos en la calle, la evidencia de que el poder había cambiado de manos durante la madrugada.

El 23 de marzo de 1976 a la noche, Horacio Pagani fue a jugar al fútbol con colegas del Diario Clarín. Luego, el país cambió para siempre. (Foto: TN / Leandro Heredia)
El 23 de marzo de 1976 a la noche, Horacio Pagani fue a jugar al fútbol con colegas del Diario Clarín. Luego, el país cambió para siempre. (Foto: TN / Leandro Heredia)

Y, sin embargo, jugaron igual. “Tan acostumbrados estábamos que seguimos jugando al fútbol”, dice, en una frase que condensa la normalidad con la que muchas personas atravesaron ese primer día.

Pero esa normalidad duró poco. Lo que siguió fue otra cosa, algo que incluso quienes intuían el golpe no habían dimensionado. “Nunca se podía imaginar lo que vendría después”, reconoce Horacio en diálogo con TN.

La censura, los controles en la calle, los retenes nocturnos donde los obligaban a bajar del auto con las manos en alto, la sensación de estar permanentemente vigilados. “Era como tener un pie de elefante encima”, describe, buscando una imagen que alcance para transmitir la opresión.

Mientras tanto, en el mundo de la música, Alejandro Lerner transitaba sus primeros pasos artísticos. No recuerda con exactitud qué estaba haciendo ese día, pero sí puede reconstruir el momento de su vida: un joven que empezaba a grabar, a sumarse a proyectos, a buscar su lugar en un contexto que se volvía cada vez más hostil. “Era un pibe que estaba empezando a caminar su sueño como cantante y compositor con un entorno completamente convulsionado”, dice.

En su relato aparece otro rasgo central de la época: la arbitrariedad. Tener el pelo largo podía ser motivo suficiente para una detención. “Te podían meter preso con la excusa de la averiguación de antecedentes. Algunos desaparecían, otros volvían”, recuerda. La lógica era impredecible, y justamente por eso el miedo se volvía más profundo: “no había reglas claras, no había garantías”.

Lerner habla también de la incomprensión de un joven frente a la violencia política de esos años. Entendía la pasión por la música, por la vocación, pero no lograba entender el odio, la persecución, el fanatismo. Y en ese desconcierto se fue formando una generación que encontró en el arte una forma de resistencia, de expresión y también de supervivencia. “Nos expresábamos como podíamos para documentar una sensación de completa inestabilidad”, explica el músico.

“Nos expresábamos como podíamos para documentar una sensación de completa inestabilidad”, dijo Alejandro Lerner al recordar la época de la dictadura. (Foto: Leandro Heredia)
“Nos expresábamos como podíamos para documentar una sensación de completa inestabilidad”, dijo Alejandro Lerner al recordar la época de la dictadura. (Foto: Leandro Heredia)

La dictadura, en ese sentido, no solo marcó vidas individuales sino también el tono de una época, incluso en aquello que parecía más distante de la política. Las canciones, las obras, los gestos culturales quedaron atravesados por esa tensión entre el miedo y la necesidad de decir.

El testimonio de Virginia Lago introduce otra dimensión, quizás la más brutal en términos personales. Para ella, el golpe representó una irrupción directa en su vida cotidiana, en su trabajo, en su identidad. Recuerda con nitidez el momento en que llegó al teatro, su lugar de trabajo, y el encargado le dijo que no podía entrar. Sin explicación, sin discusión posible. “Es como una cachetada, no lo esperás”, define la actriz.

A partir de ahí comenzó un tiempo de prohibiciones y de listas negras. Durante cuatro años, Virginia Lago no pudo trabajar. Recibía amenazas telefónicas, vivía con miedo por su hijo pequeño, veía cómo colegas y amigos se exiliaban o desaparecían. “Era una cosa no real, de tanto dolor y tanta violencia”, dice, y la frase no intenta ser poética, sino apenas aproximarse a algo difícil de explicar.

Virginia Lago cuenta cómo su vida cambió el 24 de marzo de 1976: no pudo volver a trabajar. (Foto: Agustina Ribó / TN)
Virginia Lago cuenta cómo su vida cambió el 24 de marzo de 1976: no pudo volver a trabajar. (Foto: Agustina Ribó / TN)

Sin embargo, incluso en ese contexto, aparece otra palabra que se repite en su relato: coraje. El teatro como refugio, como espacio de encuentro, como forma de sostenerse cuando todo lo demás se desmoronaba. “Poníamos el cuerpo”, afirma.

“La muerte estaba sentada al lado de cualquier persona”. La frase de Ricardo Canaletti no deja dudas del peligro que se vivía en esa época. El periodista de TN y eltrece, que en esa época tenía 21 años y trabajaba en los Tribunales de la calle Talcahuano, hace mucho hincapié en la diferencia de este Golpe de Estado a los hechos que ya había vivido la historia argentina hasta ese momento.

“Los pibes ya veníamos de situaciones como esta, y pensamos: ‘otra vez, otro golpe más’. Obviamente que en ese momento, esa mañana en particular, nadie podía saber que iba a derivar en un hecho tan violento y tan sanguinario como lo que fue: una masacre”, resume.

"Ese día, nadie podía saber que iba a derivar en un hecho tan sanguinario, tan violento y tan sanguinario como lo que fue: una masacre", dice Ricardo Canaletti sobre el 24 de marzo de 1976. (Foto: Leandro Heredia)
"Ese día, nadie podía saber que iba a derivar en un hecho tan sanguinario, tan violento y tan sanguinario como lo que fue: una masacre", dice Ricardo Canaletti sobre el 24 de marzo de 1976. (Foto: Leandro Heredia)

Hay en todos los testimonios una insistencia en hablarles a quienes no vivieron esa época. No desde el reproche, sino desde la necesidad de transmitir algo que no se aprende con manuales.

“El ‘Nunca Más’ significa algo muy importante para los argentinos”, dice Canaletti. Nelson Castro lo afirma con claridad: no alcanza con conocer la historia, hay que aprenderla. Pagani insiste en la diferencia entre vivir en democracia y hacerlo bajo un régimen que puede decidir sobre tu vida sin explicación. Lerner plantea que, con todos sus problemas, la democracia permite discutir, disentir, convivir sin ese miedo constante. Lago, por su parte, habla del respeto, de la necesidad de no repetir la violencia y de defender la libertad.

A medio siglo de aquel quiebre esta trama de experiencias dibujan un país atravesado por el miedo, la incertidumbre y también por pequeñas resistencias cotidianas. Un policía que advierte, un partido de fútbol que se juega igual, un joven músico que insiste con su vocación, una actriz que encuentra en el teatro una forma de seguir y un profesional que abre las puertas de su lugar de trabajo.

Por eso, a 50 años, el ejercicio de recordar no es solo un acto conmemorativo. Es, como dicen ellos, una forma de cuidado. Una manera de sostener algo que costó demasiado recuperar y que, como toda construcción humana, necesita ser defendida todos los días.

Créditos

Producción: Antonella Liborio, Paola Florio

Camarógrafos: Leandro Heredia, Agustina Ribó

Edición: Adrian Candá, Daniel Gordo

Arte Electrónico: Iván Paulucci

Idea, coordinación y edición general: Jessica Fabaro

 

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