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La misión tripulada de la NASA al espacio pondrá a prueba los límites del cuerpo humano en condiciones extremas.
Miércoles 01 de Abril de 2026
19:00 | Miércoles 01 de Abril de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
No hay ventanas abiertas, ni duchas, ni espacio para moverse con libertad. En la misión Artemis II, de la NASA, la vida cotidiana va a parecerse poco a cualquier rutina conocida. Durante varios días, los astronautas compartirán un volumen mínimo —apenas nueve metros cúbicos— mientras atraviesan el espacio profundo bajo condiciones que obligan a repensar cada gesto.
La experiencia no es solo un viaje. Es, sobre todo, una prueba constante.
En ese entorno, lo básico cambia de sentido. No habrá duchas. La higiene dependerá de soluciones simples, como jabones sin enjuague. Dormir tampoco será lo de siempre: cada astronauta deberá fijar su bolsa de descanso a una pared para evitar flotar sin control.
La microgravedad también impacta en el cuerpo. Sin una rutina de ejercicio, los músculos empiezan a debilitarse rápidamente. Por eso, todos los días habrá al menos 30 minutos de entrenamiento con un dispositivo compacto que simula resistencia. No es opcional.
Uno de los aspectos más complejos es la gestión fisiológica. En ausencia de gravedad, incluso las funciones más básicas requieren tecnología específica.
El sistema que se utilizará —conocido como UWMS— separa líquidos y sólidos. La orina se expulsa fuera de la nave, mientras que otros residuos se almacenan para su análisis posterior. Si algo falla, hay alternativas manuales. Nada queda librado al azar.
La alimentación también cambia. No hay alimentos frescos. Todo se basa en menús preseleccionados, en su mayoría deshidratados, que se reconstituyen antes de consumirse. Es práctico, pero lejos de lo que cualquiera elegiría en la Tierra.
Más allá de la logística diaria, Artemis II es una misión científica. Y uno de los proyectos más llamativos es el llamado AVATAR.
La idea es enviar al espacio estructuras biológicas creadas a partir de células de los propios astronautas. Son los llamados “órganos en un chip”: modelos microscópicos que permiten observar cómo afectan la radiación y la microgravedad al organismo humano.
¿Por qué importa? Porque la radiación en el espacio profundo es una de las mayores amenazas para futuras misiones, especialmente si se piensa en viajes más largos, como a Marte. Estos experimentos buscan anticipar daños y, eventualmente, desarrollar tratamientos.
Nada de esto ocurre sin control. Desde la Tierra, equipos médicos seguirán en tiempo real distintos indicadores de salud. El análisis incluye desde respuestas inmunológicas hasta patrones de sueño en un entorno cerrado y exigente.
A bordo, la nave contará con equipamiento médico específico, como electrocardiógrafos portátiles. La consigna es clara: la salud de la tripulación está por encima de cualquier objetivo operativo.
Eso marca un límite. Hasta dónde se puede exigir el cuerpo. Hasta dónde se puede avanzar.
En definitiva, Artemis II no solo busca avanzar en la exploración espacial. También intenta responder una pregunta más profunda: qué necesita el ser humano para sobrevivir —y funcionar— lejos de la Tierra.
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