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Historias breves con estética simple y colores llamativos recrean celos, engaños y conflictos. Por qué este contenido que mezcla risa e incomodidad genera debate.
Domingo 26 de Abril de 2026
10:24 | Domingo 26 de Abril de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
En el flujo constante de las redes, estas escenas —ya incorporadas a la vida cotidiana— duran apenas unos segundos, pero dejan una sensación difícil de definir: algo entre lo gracioso y lo incómodo. Son historias breves e intensas, atravesadas por celos, engaños y conflictos que se consumen sin pausa. Sin embargo, hay un rasgo que las distingue: no están protagonizadas por personas.
Las frutinovelas condensan el drama en formato exprés y lo envuelven en una estética liviana. Colores brillantes, formas simples y personajes sin pasado ni motivaciones claras: todo ocurre en el presente inmediato, sin contexto ni desarrollo. En ese marco, situaciones que podrían resultar incómodas o incluso violentas en otro escenario aparecen suavizadas, casi filtradas.
El absurdo como filtro emocional
“Cuando una fruta llora, engaña, humilla o seduce, se produce un choque entre lo tierno y lo cruel. Ahí aparece el efecto absurdo”, explica la psicóloga Romina Halbwirth (M.N. 25.256). Esa combinación, lejos de ser ingenua, es parte central del atractivo.
Y señala: “La fruta permite deshumanizar sin que parezca deshumanización. No vemos a una persona sufrir: vemos un objeto. Y eso baja la defensa emocional del espectador”. En esa distancia se juega buena parte del fenómeno.
El recurso no es menor. Al eliminar rasgos humanos —expresiones complejas, historia personal, contexto— también se diluye la empatía. “La fruta es un cuerpo sin biografía. Se mira, se consume, se descarta. Y cuando un personaje se vuelve ‘cosa’, la empatía baja un escalón”, agrega.
También influye el formato: relatos breves, ritmo acelerado y resolución inmediata. Todo lo que las redes necesitan. No hay tiempo para procesar lo que ocurre ni para detenerse en las consecuencias. El impacto está puesto en el giro dramático, en la sorpresa o en el exceso, más que en el desarrollo de los vínculos. Así, lo que podría leerse como una escena de maltrato o manipulación, se consume como un episodio más dentro de una secuencia infinita de contenido.
Ese corrimiento hace que ciertos contenidos pasen casi sin generar rechazo. Los conflictos se presentan como parte del chiste, dentro de una lógica exagerada que busca impactar rápido más que profundizar. En ese juego, lo absurdo no es solo un recurso estético: también funciona como un filtro que vuelve más digerible lo que, en otro contexto, probablemente sería inoportuno.
En ese marco, la estética “liviana” no es tan inocente como parece. Detrás de esos personajes simples y coloridos se activan sentidos que ya circulan culturalmente: lo atractivo, lo deseable, lo que se consume y también lo que se descarta. “Aunque parezca un recurso liviano, puede activar estereotipos ligados al cuerpo, al deseo o al género”, sostiene.
Ese mecanismo aparece cuando se repiten siempre las mismas situaciones: engaños, celos exagerados o personajes que quedan reducidos a un solo rol. Como todo está contado en clave caricaturesca, esas escenas pasan casi como un juego, sin generar demasiado rechazo. Pero en esa simplificación se pierde algo importante: la posibilidad de pensar lo que está pasando más allá del impacto inmediato.
Además, la velocidad con la que se consumen estos contenidos no deja demasiado margen para procesarlos. En pocos segundos se arma, estalla y se resuelve un conflicto. No hay contexto, no hay historia previa, no hay consecuencias. Esa lógica refuerza una forma de mirar los vínculos donde lo importante no es lo que pasa, sino qué tan rápido logra captar la atención. Y si gusta, se ofrece un segundo capítulo.
Así, lo que aparece como entretenimiento efímero también funciona como una especie de guion repetido: relaciones intensas, reacciones exageradas y desenlaces inmediatos. En ese recorrido, la exageración no solo vuelve más llamativa la escena, sino que muchas veces reemplaza la complejidad de lo que está en juego, y termina moldeando, aunque sea de forma sutil, ciertas ideas sobre cómo se vinculan las personas.
De todos modos, el crecimiento de este tipo de contenidos no puede leerse solo como una moda pasajera. También habla de una forma de consumo rápida, fragmentada y atravesada por algoritmos que premian lo inmediato.
Sin embargo, el desafío no pasa por cuestionar su existencia, sino por poder mirarlas con cierta distancia crítica. “No se trata de censurar ni de prohibir. Se trata de entender qué estamos mirando y por qué nos resulta tan fácil hacerlo”, plantea Halbwirth.
En esa facilidad también se filtran representaciones que no son inocentes. Aunque los personajes sean frutas, muchas de las historias repiten esquemas conocidos: figuras feminizadas ligadas a los celos, la manipulación o la dependencia emocional, frente a personajes que ocupan lugares más activos o de poder.
La exageración ayuda a que todo sea rápido de entender, pero también hace que esos vínculos se simplifiquen. Lo complejo se reduce a una escena clara, casi automática, que no solo se reconoce enseguida, sino que también se repite sin demasiado cuestionamiento.
En ese sentido, la distancia que genera lo absurdo no elimina los sentidos culturales, los reorganiza. Lo que aparece como caricatura puede seguir sosteniendo formas desiguales de representar el deseo, el conflicto o el lugar de cada personaje dentro de la historia.
Porque, en definitiva, detrás de lo “absurdo” no desaparece el contenido: se transforma. Y cuando la forma logra que todo parezca más liviano, el riesgo no es que el drama deje de ser drama, sino que deje de incomodar.
Cuando el humor deja de incomodar
Mirar más allá del chiste
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