(por Julieta Cabrera periodista deportiva de Fenix) El Road Show de Franco Colapinto en Buenos Aires reavivó la pasión por la F1 y volvió a instalar una pregunta que lleva 14 años sin respuesta: ¿puede el país recuperar su lugar en la Máxima?
17:07 | Domingo 26 de Abril de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
El sonido de un motor de Fórmula 1 no es un ruido más para los argentinos. Es memoria. Es historia. Es una fibra que se activa de inmediato y conecta generaciones. Por eso, lo ocurrido en Buenos Aires con el Road Show de Franco Colapinto no puede leerse solo como un evento promocional. Fue, en esencia, una demostración palpable de que la pasión sigue intacta, esperando una oportunidad real para volver a desbordar.
Durante 14 años, la Fórmula 1 fue una ausencia pesada. No solo por lo deportivo, sino por lo simbólico. La última vez que la Máxima pisó suelo argentino fue en 1998, en el recordado Gran Premio disputado en el Autódromo de Buenos Aires. Aquel fin de semana tuvo como protagonistas a figuras de primer nivel como Michael Schumacher, Jacques Villeneuve, Mika Häkkinen y David Coulthard, en una grilla que reflejaba el máximo nivel del automovilismo mundial.
Argentina, que supo ser cuna de leyendas, quedó desde entonces relegada a un rol de espectador en un escenario donde alguna vez fue protagonista central. Y en ese vacío, cada gesto, cada guiño al pasado, adquiere una dimensión especial.
Por eso, la imagen de Colapinto al volante de la histórica Flecha de Plata no fue un detalle menor. Fue una escena cargada de significado, inevitablemente ligada a Juan Manuel Fangio, el hombre que convirtió ese símbolo en parte del ADN del automovilismo nacional. No fue solo un homenaje: fue una declaración de continuidad, una forma de decir que la historia no está cerrada.
El público acompañó como solo el público argentino sabe hacerlo. Calles colmadas, emoción visible, teléfonos en alto pero también miradas cargadas de nostalgia. No era solo ver pasar un auto: era volver a sentir lo que durante años quedó en pausa. Esa respuesta masiva no es casualidad ni sorpresa; es la confirmación de que el vínculo entre el país y la Fórmula 1 sigue vivo.
Sin embargo, el entusiasmo choca rápidamente con la realidad. Organizar un Gran Premio hoy implica mucho más que historia y pasión. Requiere infraestructura de primer nivel, inversiones millonarias y, sobre todo, una decisión política y empresarial sostenida en el tiempo. No alcanza con el deseo popular ni con eventos aislados que, aunque impactantes, no garantizan continuidad.
En ese sentido, el Road Show deja una doble lectura. Por un lado, expone el enorme potencial que tiene Argentina como plaza para la Fórmula 1: público, tradición y nuevos talentos que empiezan a abrirse camino en el exterior. Por otro, también deja en evidencia todo lo que falta para transformar ese potencial en una realidad concreta.
Colapinto, en este escenario, no es solo un piloto. Es un símbolo de proyección. Representa la posibilidad de que Argentina vuelva a tener un nombre propio en la grilla, algo que no sucede desde hace años. Su presencia, sumada a este tipo de eventos, ayuda a reconstruir un puente que parecía definitivamente roto.
Pero la clave está en lo que viene después. Si este tipo de iniciativas no se traducen en un proyecto serio, articulado y con visión a largo plazo, el riesgo es que queden como postales emotivas sin impacto real. La historia del automovilismo argentino merece algo más que nostalgia: necesita decisiones.
El rugido volvió a escucharse. La emoción también. Ahora queda por ver si esta vez será el comienzo de un regreso o apenas otro recuerdo más para alimentar la memoria. Porque si algo quedó claro en Buenos Aires es que la llama no se apagó nunca. Solo está esperando el momento justo para volver a convertirse en fuego.