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Los nacionalistas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte, al frente de gobiernos autónomos, reclamaron el derecho a decidir su futuro sin permiso de Westminster.
Martes 15 de Septiembre de 2026
09:42 | Martes 15 de Septiembre de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
Estas semanas religiosas me encuentran en Salta, donde he venido a cumplir, como cada septiembre, con el Señor del Milagro y con la verdadera Virgen del Milagro, que no es asunto que corresponda explicar aquí. Hay misterios de la fe, secretos de familia y ciertas verdades salteñas que pierden toda gracia cuando se las revela a los recién llegados. Desde una vieja poltrona de cuero inglés, mientras la ciudad comienza a oler a incienso, azahares y promesas, leo que el Reino Unido empieza a discutir su propia existencia: Escocia, Gales e Irlanda del Norte vuelven a preguntarse para qué necesitan seguir siendo británicos.
Esta mañana llegaron noticias poco decorosas desde Cardiff. Los nacionalistas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte se reunieron para declarar que sus pueblos tienen derecho a decidir su propio futuro y que Westminster no puede impedirlo. John Swinney, desde Escocia; Rhun ap Iorwerth, desde Gales, y Michelle O’Neill, desde Irlanda del Norte, coincidieron en algo que habría provocado una indigestión al bueno de Winston Churchill: el Reino Unido puede dejar de ser unido.
No estamos hablando de tres muchachos barbudos tomando cerveza tibia en un sótano de Glasgow. Por primera vez, las tres naciones británicas con gobiernos autónomos están conducidas por fuerzas que pretenden abandonar, de una manera u otra, la criatura política que Inglaterra construyó durante siglos. Los escoceses quieren Escocia, los galeses quieren Gales y el Sinn Féin quiere que Irlanda del Norte vuelva algún día a Irlanda. Inglaterra empieza a descubrir que sus socios prefieren ser vecinos.
El asunto tiene una belleza histórica difícil de superar. Durante siglos los ingleses recorrieron el planeta explicándoles a los demás dónde comenzaban y terminaban sus países. Dibujaron fronteras en África con una regla, partieron Oriente Medio con una lapicera y administraron pueblos cuyos nombres apenas podían pronunciar los funcionarios del Foreign Office. Cuando algún nativo protestaba, llegaban un gobernador, una bandera y, si persistía la incomprensión, un regimiento.
La India se marchó. Palestina se marchó. Kenia se marchó. Rhodesia desapareció. Hong Kong fue devuelta. Los dominios aprendieron a gobernarse y el mapa colorado que cubría los atlas escolares británicos fue desteñido por esa enfermedad incurable llamada libertad ajena. Quedaron algunas islas, algunas bases, Gibraltar, las Falklands —Malvinas para nosotros— y la extraordinaria convicción inglesa de que haber perdido un Imperio no significa necesariamente tener que admitirlo.
Ahora la rebelión ocurre en casa. Escocia ya votó una vez y perdió su independencia en las urnas; quiere volver a preguntar. El republicanismo irlandés jamás escondió que considera la partición de la isla una anomalía histórica. Y hasta Gales, ese pariente tranquilo al que Londres acostumbraba considerar suficientemente satisfecho con el rugby, los castillos y un idioma imposible, ha comenzado a preguntarse para qué necesita permiso inglés para decidir su destino.
En medio de semejante velorio apareció Donald Trump, que posee la delicadeza diplomática de un caballo entrando a una cristalería. De visita en Irlanda declaró que le “encantaría” verla unificada y que aquello sucederá tarde o temprano. El presidente de los Estados Unidos —es decir, de la colonia más exitosa que perdió Gran Bretaña— se permitió aconsejarle al antiguo amo que entregue otra parte de la casa.
Hay que reconocerle al catire una formidable vocación para la travesura. En el mismo viaje opinó sobre Irlanda y también se refirió a nuestras Malvinas, recordó que los británicos “entraron y se apoderaron” de las islas y hasta dudó de que la atribulada Gran Bretaña contemporánea tuviera demasiadas ganas de embarcarse nuevamente durante semanas para defenderlas. No sé qué le habrán servido de beber en Dublín, pero seguramente no era té Earl Grey.
Pobre Carlos III. Esperó setenta años para heredar el trono y corre el riesgo de contemplar cómo el Reino que recibió de su madre comienza a discutir precisamente la palabra “Unido”. Isabel II nació en una familia que todavía reinaba sobre territorios desperdigados por el planeta. Su hijo podría terminar siendo rey de una Inglaterra rodeada de antiguos parientes que le enviarán embajadores para Navidad. No sería culpa suya. Las dinastías suelen recibir las facturas varias generaciones después de celebrada la fiesta.
Naturalmente, desde Downing Street aseguran que nada de esto ocurrirá mañana. Y tienen razón. Los porcentajes independentistas son diferentes, las reglas constitucionales también y Gales está bastante más lejos de marcharse que Escocia. Irlanda del Norte carga además con demasiados muertos como para tratar su futuro con frivolidad. Pero los imperios rara vez reciben una esquela anunciándoles el día exacto de su muerte. Primero pierden territorios. Después autoridad. Finalmente pierden hasta el derecho de decidir quién puede irse.
Lo verdaderamente extraordinario de Cardiff no es que mañana desaparezca el Reino Unido. Es que quienes quieren abandonarlo ya no conspiren en tabernas sino que gobiernen. Se sientan en despachos oficiales, reciben ministros, administran presupuestos y luego explican, con absoluta tranquilidad, que el edificio del cual forman parte quizás haya cumplido su ciclo. El separatista de ayer se convirtió en primer ministro y el Imperio debe pagarle el sueldo mientras organiza educadamente la mudanza.
No siento alegría ante la posible fragmentación británica. Los pueblos que se divorcian suelen descubrir que repartir la vajilla es más sencillo que repartir la Historia. Pero confieso cierta fascinación ante la justicia poética. Inglaterra enseñó durante siglos que una bandera podía plantarse en cualquier costa si detrás de ella había suficientes barcos. Ahora tres pueblos le recuerdan que ninguna bandera, por antigua que sea, puede sostener eternamente a quien desea marcharse.
Cae la noche sobre Salta y las campanas vuelven a recordar que son días del Señor del Milagro y de la verdadera Virgen del Milagro. Cierro los diarios y regreso a mi vieja poltrona de cuero inglés pensando que acaso sea éste el destino más digno de las cosas imperiales: sobrevivir al imperio y terminar lejos de Londres, sirviendo todavía con elegancia a quien alguna vez las compró. Me serviré un whisky escocés, naturalmente. Conviene ir acostumbrándose a pedirlo por su futura nacionalidad. Al fin y al cabo, Winston Churchill advirtió en 1942: «No me convertí en primer ministro del Rey para presidir la liquidación del Imperio británico». Tuvo suerte. Le tocará a otros.
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