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Lautaro Carrachino deslumbraba en las divisiones inferiores del club, pero de a poco se alejó del fútbol, se volcó al delito y terminó preso con una condena a prisión perpetua.
Lunes 18 de Mayo de 2026
08:37 | Lunes 18 de Mayo de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
Llegó a San Lorenzo en 2006. Tenía nueve años. Era de esos chicos que se destacan tanto que nadie puede atribuirse el mérito del descubrimiento. A lo sumo, alguien puede pedir créditos por lograr que juegue en su club y no en otro. Una diferencia notable con el resto. Tenía todo: concentración, potencia, coraje, habilidad, cabezazo, le pegaba con las dos piernas y mucho gol. Una joya. Una especie de cheque al portador, una apuesta que no podía fallar. No había que esforzarse demasiado para encontrarle un parecido, por origen, actitud, físico y estilo de juego, a Carlitos Tévez. Así, Lautaro Carrachino, para todos, se convirtió en el Tévez del futuro, pero eso nunca sucedió.
No fue goleador del fútbol argentino ni llegó a la Selección. Se convirtió en un capo narco del barrio Villegas de Ciudad Evita y en un asesino.
Todavía no cumplió los treinta años. Sus días son iguales entre sí. Casi no varían entre ellos. Está preso en un penal de la Provincia de Buenos Aires. Cumple una condena a prisión perpetua por homicidio agravado.
Décadas atrás era difícil saber sobre los jugadores de inferiores. En los pasillos de la cancha, los días de partido, algún viejo sabio dictaminaba, como si contara un secreto de estado, una confidencia para pocos, que el 4 de la cuarta, o el 8 de la quinta, o el 9 de la séptima era un fenómeno, que había que seguirlo, que le iba a dar muchas alegrías al club y a los hinchas. En el último tiempo eso cambió. Se filman casi todos los partidos, se siguen las tablas, el video de alguna jugada determinante o polémica se viraliza, en las redes sociales muchos señalan a los futuros cracks. Pero cada vez es más frecuente que esas grandes esperanzas, esos proyectos condenados al éxito, desaparezcan de la consideración, no lleguen a primera o terminen haciendo banco en un equipo de la B Metropolitana o el Federal A.

En San Lorenzo todo el mundo sabía de Lautaro Carrachino. Goles cada fin de semana. Goleador y figura en séptima; la categoría 97 de San Lorenzo salió campeón, Lautaro fue el goleador y lo eligieron el mejor jugador de la división. En sexta también se destacó. Dio el salto a la reserva a los 16 y empezó a alternar entrenamientos con la primera, que en ese momento conducía Edgardo Bauza. Confiaban en su proyección. Emiliano Purita fue compañero de Carrachino en esas categorías. En una nota reciente que le dio a Matías Zuñez dijo: “Era una bestia. Un recontragoleador. Si no es el máximo goleador de las inferiores de San Lorenzo, no lo es por un gol o algo así. Ganaba partidos. Nos sacó campeones en Séptima y en Quinta. Un monstruo”.
Hasta que un día en medio de un entrenamiento llegaron dos patrulleros a la Ciudad Deportiva del Ciclón. Buscaban a Carrachino. Estaba acusado de dos delitos gravísimos: robo agravado y homicidio agravado. Apenas vio a los policías comenzó a correr antes de que se dieran cuenta, antes de que lo identificaran. Se escapó por el fondo del club. Estuvo unos días prófugo hasta que se entregó. El club lo asistió. Creyó en su versión de inocencia. El delito era de tres años atrás, de cuando tenía 14. San Lorenzo puso abogados, asistencia psicológica, le alquiló un departamento para que se alejara de sus amigos del barrio. Una de las acusaciones prescribió; en la otra fue declarado inimputable por ser menor de edad.
Había un motivo de esperanza: su familia estaba detrás de él. No era un chico abandonado. Su padre lo acompañaba, lo llevaba a los entrenamientos y a los partidos y estaba en contacto permanente con las autoridades del club. “Era una familia humilde y muy laburadora. Lo acompañaban a todos lados. Lo esperaban a la salida de los partidos. Se preocupaban por él”, dijo unos años atrás, algo perplejo, Pedro Salaberry, quien fue su entrenador en la séptima del Ciclón.
Su conducta pareció encaminarse. Tiempo después, el club volvió a apostar por él y le firmó el primer contrato profesional. De todas maneras, algunos que lo conocían más sostenían que no era el mismo de antes, que algo se había roto en ese chico, que ya no era la fiera que solía ser dentro de la cancha. Algunos lo atribuyeron a la mayor exigencia, a la falta de costumbre con el ritmo profesional y creyeron que sólo era una cuestión de tiempo, de habituarse.
Pero el jugador brillante, enfocado, que se devoraba rivales, que hacía goles con todos los recursos posibles, ese goleador se había esfumado. Sus movimientos se pusieron torpes, a destiempo, estaba empastado. La asistencia del club continuaba, pero él iba diariamente a su antiguo barrio, a Villegas, y salía con sus amigos de toda la vida. Noches demasiado largas, alcohol, drogas, delitos.
El club creyó que enviándolo a tomar experiencia a Almagro podía encaminarse, aunque a esa altura las ilusiones de la mayoría se habían apagado. Un año en una divisional menor para agarrar ritmo, para enderezar su carrera. Todos conocían de su desvío, pero todos también estaban al tanto de sus condiciones futbolísticas excepcionales. Pero, se sabe, ni en el fútbol ni en ninguna otra actividad, alcanza sólo con el talento. Casi no jugó en el ascenso. Apenas 70 minutos en toda la temporada. Volvió y en San Lorenzo ya no tenía lugar, los años habían hecho que perdieran la confianza que habían depositado en él. No quedaba nada de ese chico que deslumbraba en inferiores, que era un potencial (y casi seguro) crack. Quedó libre. Lautaro no intentó más. Abandonó el fútbol. Era mediados de 2019.
En un par de meses se convirtió en el capo de La Banda del 15, una organización de narcomenudeo de Ciudad Evita. Muy rápido, él y sus secuaces se hicieron notar. Un accionar violento y voraz. Tanto que la policía y la justicia empezaron a perseguirlos. Tres de sus amigos de la infancia e integrantes de la banda fueron detenidos acusados de ser narcotraficantes. Carrachino pudo eludir la situación. En vez de optar por un perfil más bajo, recrudeció su violencia. Aspiraba a dominar la zona. No le importó estar en la mira de los investigadores. Solían amenazar gente para que abandonara las unidades en los monoblocks y apenas los dejaban libres, convertían esos departamentos en bunkers para vender droga. Sacaban armas, pegaban, empujaban gente por las escaleras, amenazaban. Por lo general, cada vez que se ponían un objetivo, lo conseguían. Ante la violencia irracional la gente escapaba y Carrachino y su banda se apropiaban de los inmuebles.
En enero de 2020, el fútbol, para Lautaro, parecía un recuerdo lejano, demasiado brumoso. Como si hubieran pasado decenas de años o como si hubiera sido algo que le sucedió a otro.
El 27 de ese mes, de madrugada, cerca de las 2, la banda con Carrachino a la cabeza entró a un departamento. Dentro había una pareja joven con una beba. Carrachino y tres hombres más gritaban y revoleaban sus armas. Al dueño de casa le colocaron el caño en la sien. Les dijeron (les gritaron) que tenían cinco horas para llevarse todo y dejar el lugar. Que ellos volverían en ese plazo y si los encontraban allí los matarían. Lo que se iban a llevar no serían todas sus pertenencias porque los delincuentes antes de retirarse se robaron una Play 4, algunas gorras, una camiseta de la Selección colombiana y los 500 pesos que encontraron en efectivo. No volvieron a las cinco horas. Regresaron dos horas antes. Se los veía más alterados que antes. En el departamento ahora también estaba Rubén Oscar López, un vecino que había ido a asistir a la pareja. Hubo gritos, alguna discusión, golpes. Hasta que Carrachino comenzó a disparar. Uno de esos balazos se metió en la sien de López. el hombre fue llevado de urgencia al hospital pero murió en el camino. Carrachino, ese al que hasta hacía poco llamaban el nuevo Tévez, lo había asesinado.
Después escapó. Se cobijó en villas vecinas, bajo el cuidado de otros narcos con más poder que él. Pero de noche, cuando las recorridas policiales amainaban, volvía a su barrio. No quería perder la plaza, quería evitar que ante la ausencia le arrebataran el negocio. En el medio cayeron otros cómplices suyos. A los cinco meses se convenció de que lo peor había pasado y volvió, con algo más de discreción, al barrio y a liderar el tráfico de drogas en el lugar. Hasta que, en octubre de 2020, nueve meses después del homicidio, un atardecer vio avanzar un patrullero hacia él. Se sobresaltó y salió corriendo. Los policías, que no lo estaban buscando, pero sospecharon ante el cambio súbito de actitud e iniciaron la persecución casi a su pesar. A menos de dos cuadras lo atraparon. El estado físico de Carrachino no era el mismo de que cuando era goleador en las inferiores. Tenía 23 años, pero parecía un veterano.
Quedó detenido. La acusación era muy grave. Robo, narcotráfico y homicidio agravado.
En septiembre de 2023, el Tribunal Oral N°4 de la Matanza lo encontró culpable de homicidio agravado por el concurso premeditado de dos o más personas y por el uso de arma de fuego. Fue condenado a prisión perpetua. En 2025, las últimas apelaciones fueron denegadas y la sentencia quedó firme.
Lautaro Carrachino estará preso, antes de determinar si puede optar a la libertad condicional, al menos los siguientes 35 años.


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